Octubre es tibio y aquí en la costa
entre dunas, el mar queda al fondo,
y la mansedumbre del azul y el silencio de la arena
muestran toda la gama de deshilachados colores,
esparciéndose durante un instante
sobre las miradas de luz pintadas al óleo.
En el agua, aún cálida, juegan jóvenes enamorados
bobos y bellos. Su belleza inigualable.
Sus miradas.
En ellas pueden verse los colores del cielo,
del agua, y de la felicidad.
En el horizonte,
a este otro lado de los arenales,
se deja entrever, tras una empobrecida bruma,
el perfil salvaje de la ciudad.
Estos seres libres hacen que el futuro