Comulgo con mis orejas y asumo mi desayuno
esparciendo oriflamas sobre el mantel de la mesa.
Utilizo la música y ella finge que me quiere,
incluso llega a simular que me comprende.
Un rock, una melodía cualquiera, un blues.
Aquella pieza de jazz suena a menudo en mi interior,
suele sonar pocas veces,
mas cuando lo hace, desde el inicio profundo
que todo lo sustenta
arranca de una víscera fundamental
y de una historia de selvas y negreros.
El grito se traslada a todo el organismo
latiendo, postulando, arremetiendo,
gimiendo contra paredes de sangre,
diciéndome a mí y a todos:
ojalá que la noche te deje abandonado
bajándote a ese infierno descifrado por el metal:
la dulce boquilla de lengüeta transgresora,
y allí puedas hacer del dolor un bálsamo
o negros versos como un castigo,
mientras el saxo se hace largo en su lamento.