Caminantes burdos y ordinarios
aguardan agazapados la llegada de la oportunidad
o la oscura sombra que pueda despertarles
de la siesta del sol,
para lanzarse a las pistas, las sucias calles
y lucir desgarrados sus mejores galas desgarradas,
y desde el traje de vestir recuerdos
recordar las palabras que la niñez grabó en la memoria
de cuando aquellas ruedas de carro
dejaban la huella de la llanta en el polvo,
de cuando aquellos viejos molinos obsoletos
giraban harinas en las aspas.
O la rueda de agua de la noria
cangilones dentados que mejoran
la función itinerante de la polea en su periplo
de soledad girando porque giran
por rumbos inciertos intentando averiguar
si muelen para moler itinerarios lobos
o equivocados destinos, el origen que está
haciendo que fluya aceite y vino,
el aullido que llevará al pastor al trashumante
hasta lejanas cordilleras.
El agua del arroyo en su silencio.
El agua del arroyo en su silencio.
Pobres jíbaros sin destino,
bajarán luego al valle para pastar rebaños,
sudando bajo nubes de tormenta, un desvarío
de peregrinos en llanto y procesión,
porque trasladarse es morir bajo la lluvia torrencial
que se pregunta qué sed tendrá hoy el jueves,
o abril o este año crucial de baldíos itinerarios,
el hombre humilde y manso
allá en las multitudes
fundido con el tránsito
de caballos y mulas.
Un poco prole o tal vez proletario.

