jueves, 3 de octubre de 2019

Insectívoros

Cuando el grillo interrumpió su canto y compartió la grillera con un par de hormigas debido a un aguacero eventual y a las reglas no escritas de prestarse socorro entre los hermanos insectos, supo que tendría grano para todo el año, ya que a los diez minutos aquellas jodidas obreras habían excavado varios túneles paralelos a su alcoba de estar. Lo que no podía imaginar el maestro en el arte de frotar los élitros, es que debido a un corrimiento de tierras por causa de la lluvia y una tonta torrentera, todo el hormiguero contiguo a su sala de música se le vino encima y de inmediato fue invadido por unas seis mil hormigas, parientes cercanas a aquellas dos que prestó socorro y que en un periquete y sin mediar palabra, hicieron brillar entre la arena mojada sus mandíbulas de acerado metal y fue pasado a cuchillo, degollado, desmembrado y metódicamente ordenado de mayor a menor importancia, según las partes duras y blandas de su cuerpo, en una alacena construida para el caso.

Moraleja: No la hay.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Vivir

Se me achica el espacio y deduzco por tanto
que soy un cuerpo incomodo al que sobran escorias
y la plata y el verso y el vino y el pan
la lima y el fórceps y la rebaba escuece
y el poso de las limaduras va ulcerando en mí
como un élitro brilla en la oscuridad de un martinete
o como un alacrán escribe con veneno
el poema de la permanente estatua
altiva y sometida al verso de la inmortalidad
donde una campana de cristal
con badajo de templada carne
va dando campanadas de vísperas.

Y me crece el poema como crecen las uñas
en este oficio pejiguera de vivir
al pairo bonancible de la zarpa.
Hay jilgueros enjaulados (al lado de otras fieras)
que cantan por pereza.

Lugo y bueno.

Cuervos

Oigo cuervos. Me levanto y vestido de negro, escucho cantos. Me levanto desnudo y con orejas negras escucho alas negras: oigo cuervos. Sobre la mazmorra más cerrada y hermética. Salgo al ventanal más alto. Tengo viento en la nariz. Huelo a cuervos. Y me lavo, y ya limpio, casi claro, oigo sombras. Penetro en la pelete huella del tiempo y sigo escuchando lo que queda de un cuervo que acompañó al poeta una tarde por un bosque, un día que nadie estaba cuerdo y escribía sobre el agua su nostalgia de tiempo, como un piano a la deriva feliz de unas teclas que se deslizan en la corriente muda. Llevo alas de cuervo entre los dedos. En la mirada. Escucho desde hace siglos el habla turbulenta de un posible cuervo.


jueves, 20 de junio de 2019

Hoy es mayo

Cuando hay una temperatura que lo moja todo. Y a pesar del frío sudor ella no deja de abrazar de ti todo lo que puede. El cálido brillo caliente de tu beso. La joya presta a demostrar su soledad si es ensalivada con presteza. Al final del apaciguado hielo siempre hay ternura. Y más tarde guardó estas palabras en un humilde cántaro de barro. Y esperó la llegada del cálido verano para oír su voz.

Isla Negra, la que no está en las cartas de navegación

Según ellos yo debería dejar mi casa, los vencidos vencejos al aire húmedo de la mar, las alas de las gaviotas flotando lentas como pluma cálida, el vuelo tormenta de las palomas y el canto de mirlos y alguna golondrina feliz. Dejar el perfil de África dibujándose en el horizonte, perfil amenazador, insistente, plácido continente de brumas. Debería dejar el miedo y tener un hogar de barro habitado por arañas y grillos. Lleno de nidos y troncos y barcos hundidos. Algún mascarón de proa sobre la mesa compartida, a la que asiduamente (constante o persistente, como esa ola contra la arisca piedra) vendría a tomar café un señor insoportable y anónimo, pero que insiste en hacerse pasar por un tal Pablo Neruda.

Poesía nómada

A veces busco libros que no tengo. Los busco entre los muebles de la memoria. Son siempre libros de poesía que se mueven de aquí para allá sin dejar rastro. Y de vez en cuando, afortunadamente los encuentro en un traslado, en aquella estantería que creí perdida, en un cambio de casa, esa o esta, la casa que un día pensé habitar. Siempre me siento afortunado encontrando el libro en la casa que no busco.

Hojas

Tengo un bajón de enervaduras. Una sequía en el estrato esponjoso del mesófilo, y llevo otoño allá donde llego como un bosque estremecido. Y en esa poquedad transciendo la vida hoja sobre hoja, en un inarmónico foliare innumerado de savia agónica sobre la que los amantes se anidan para dejar sobre ellas su deseo irrefrenable de tristeza muerta. Incluso a cada instante recurro al folio en blanco y su vértigo de lineas emborronadas para defoliar la carne enaltecida, el tierno veneno de los herbicidas. Y voy muriendo sobre el blanco, escama a escama: la escasez que me queda de aquellos encuentros en la floresta.

Expectador

Existe un placer en todo. Solo hay que dosificar la tristeza y el tiempo. Y en esa lentitud esperar. Esperar que la tristeza y el tiempo no se interrumpan. La luz filtra ese placer. En ese paisaje nunca estás tú. Eres un observador.

Ojos

He mirado más allá de las puertas de Tannhäuser, incluso escalé los 124 peldaños de la torre de Castilnovo. Miré dentro de los búnkeres que protegían la luz diáfana desde una costa plácida y pacífica, y encontré dentro de ellos ametralladoras muertas en estancias vacías. La soledad de los que huyeron. Y miré de frente, sin apartar la vista, el mar Atlántico para presenciar el amerizaje de naves extrañas, mientras en mi café despedían reflejos brillantes los cubitos de hielo que lo enfriaban. Nadé en ese mar junto a atunes azules y amarillos, que lo cruzaban al inicio de primavera, y siempre había un muerto flotando con los ojos abiertos pidiéndome un vaso de agua.

Yo tenía las manos más bellas,
y era al árbol al que yo acariciaba.
No tenía tu rostro el árbol,
pero yo tenía las manos más bellas.

domingo, 16 de junio de 2019

Tú que eres como una casa pequeña

Tú que eres como una casa pequeña
donde no cabe un dedal,
ni un hilo ni una aguja,
pero coses letras en silencio
y en paciente soledad.
 que eres como un ojal que busca
el botón descosido de una página,
ahora que la luz entra por la ventana
e ilumina tus manos.

Y si acaso los textos no llegaran,
con su mezcla de paja y de papel
y una tinta de cloro estremecido,
a nombrar las veces que te amé
en una lengua enamorada y extraña,
cose también mi boca para siempre.





Barcos

Amo a mucha gente. Las he puesto en fila, las he barajeado dulcemente, como si fueran alas de pájaro, procurando no romper ninguno de los huesecitos que usan para acariciarse entre ellos; les he dado forma de corazón, les he pedido que se pronuncien. Y son demasiadas. Todas ellas miran al mar y ven barcos donde solo hay distancia.

Sacramento

Hoy he comido frutas,
no había bayas en el bosque,
pero tomé chirimoya por la boca,
melón de ovario interno
y pulpa jugosa.
Hoy no había frutas en el bosque,
tan sólo sobre mi mesa
caquis, fresas, guayabas.
Y el recuerdo pedúnculo
de una redonda y solitaria uva,
de un rosario interno de grosellas
al que recé líquidas melodías,
tierno ovario fecundado,
pericarpio carnoso y comestible.

Y Dios levantó un dedo.

Cerezas

Tomar cerezas en ayunas
es reflexionar en triste
sobre los versos de Neruda.
Pensar si el poeta tuvo en cuenta
la belleza echa carne de las flores
en un acto íntimo de entrega
entre tú y yo
ahora que la primavera
está llegando a su fin
y las flores del cerezo
se pueden paladear una a una
felizmente y de manera insaciable
con la boca de comernos.

Romanticismo

Como una máquina militante,
de aquellas que manejara Bertolt Brecht
en sus poemas
contra el pintor de brocha gorda,
aprieto los tobillos, me ajusto la cintura
y al paso de los blindados me acerco sigiloso
y con dientes de plata y escoria entre las uñas
abro fuego, feliz de ser un poeta valiente
que derribó una dictadura de cobardes
ardiendo en los patios señuelos del sistema.

Que mi sacrificio sea ejemplo
para generaciones futuras
y mi cadáver luzca expuesto
como nuestra de todo el romanticismo
que desde el año mil ochocientos y pico
recorrió el mundo de sombras inacabadas
hasta nuestros días de luz imperfecta.


martes, 28 de mayo de 2019

Padre Poeta

Mi padre en un día de paseo y bicicleta, día de grillos y mayo, dispuesto a demostrarme una vez más que yo tenía que aprender muchas cosas de la vida, me urge ante la extensa pradera: "Anda demuéstrame lo que sabes". Y ante los negros insectos y su canto de élitros, margaritas, amapolas y vuelo de palomas torcaces, guardé un largo silencio. Silencio que más tarde sería la base esencial para poder escribir poemas. Gracias padre por tus perentorias y exigentes palabras para que yo fuera un hombre solo ante el paisaje primavera y dulce de la vida.

domingo, 26 de mayo de 2019

Confidencia

.-¿Sabes una cosa muchacha?
.-¿Qué?
.-Que yo mojo las fresas en vino blanco.
.-¿Y qué? Una extravagancia más.
.-Ya, pero soy muy feliz. Es como mojar pan en el sol y tomar luz por la boca. Y si esto lo haces frente al mar, es como si entendieras el navegar triste de los peces.



sábado, 25 de mayo de 2019

Los días de amor

¿A qué nos estamos enfrentando?, pregunté. Y yo pensé con ella. Y ella pensaba conmigo. Mientras me alejaba, dando un rodeo de silencio a las cosas infinitas de la vida, la oí decir: “Eres una delicadeza excesiva y exquisita. Una brutalidad esperpéntica. La contradicción, la paradoja. Todo hipérbole.”

Quedé pensando en sus palabras. ¿A qué carácter excesivo y exquisito (tal vez una excesiva nobleza, como pudiera ser la actitud de un árbol que va a ser derribado por un hacha y permanece inmutable, resignado) nos estamos enfrentando? Creo que en esas palabras pronunciadas por ella había un camino infinito que yo había recorrido durante medio siglo, y el cual ahora recorremos juntos todos los días. El camino. La manera de estar en él. El poema latiendo. “Aquél anciano ciego sentado bajo el almendro, que abría las almendras con las manos. ¿Cómo lo haces, le pregunté? ¿No ves que soy ciego?”. No ves. No veo.

Volví a mirarla. Sus ojos miraban a mis ojos. Y dije: “Te alimentas de mi no.” Y volví a decirle, esta vez con la boca cerrada, para que pudiera oír mis pensamientos: “Te vistes con la luz apagada, sentada sobre la cama.” Pero no me oyó. No ves, ciego.



miércoles, 15 de mayo de 2019

Poeta

Poeta, para oír el leve roce que produce la piedra en su pacífico frotamiento de durezas, incluso las desavenencias con otra piedra, y por qué no, el sonido a semillas de las muelas del molino en su masticar íntimo, tienes que tener las manos inmersas en harina.



miércoles, 24 de abril de 2019

Semillas

De dos en dos. A dos lenguas.
Y enredados de mejillas, lamo tu pelo
y hueles a pájaro húmedo. 
Mimbre tensando mi avellana,
la dejo sobre el plato.
Rozo la piedra y con sus dientes
me abro la boca
dos a dos, como de la tuya
y hueles a vuelo,
y ya no estás,
trago mi lengua,
no hablo.
Lamo tu silencio,
y rompo la cáscara oscura del fruto seco.
He puesto primavera sobre la mesa,
sobre el mantel de comer los dos.
No hay nada hambriento sobre los platos
sólo mi avellana abierta,
dos a dos,
sus dos mitades
como bultos insignificantes de la carne,
rodando como fiel alimento sobre el cristal.
Mojas con saliva tu mitad,
a dos lenguas,
y en el fondo del plato hay lágrimas.