lunes, 28 de enero de 2013

El soplo de un dios

No pude acariciarte,
mas ahora que tú me lo pides
¿cuántas caricias son precisas para que aparezcas
desnuda, blanda de carne y sangre,
temblando entre mis manos
para que yo forme con todo ello
un cuerpo mortal que me aconseje
las formas del barro,
las órdenes de un dios que con su soplo
levante un polvo de vientos veniales
y en ti se den las manos un abrazo
de tiernas palabras cálidas y hermosas?

Tócame aquí
ahora cuando la ausencia ve
lo que nunca vio nadie.

4 comentarios:

Shandy dijo...

La pregunta sigue en el aire y el imperativo final más que una orden parece un ruego...
El creador ha sabido modelar con el barro de la palabra un buen cuerpo poético. Hermoso y cálido soplo.

Tomás Rivero dijo...

"Ojalá tú seas", dice ese imperativo que ruega, efectivamente.
Un dios el poeta? Menos mal que el poeta tiene pocos que le adoren. De esta forma vive en humilde altar esperando que su cuerpo sea bajado de la sagrada hornacina.

Un beso, Shandy.

Isolda dijo...

Transmites un deseo de lo más natural, solo que con palabras hermosas. "Cuando la ausencia ve lo que nunca vio nadie" Grande, Tomás. Besos, para tus versos.

Tomás Rivero dijo...

Creo que el deseo, poético o no, natural o divino, es quitarle protagonismo a Dios. O trabajo. Pero sobre todo quiero decir que dentro de nosotros existe la belleza.

Un beso, Isolda.