domingo, 28 de septiembre de 2014

Huí de tu rostro

Huí de tu rostro dejé un aroma como un rastro
fui subiendo adentro de las cosas y de los otros
dejé un aire de mí en aquellas calles
que nos habían reconocido tantos días
cuando juntos parecíamos justos entrelazados
y nos miraban las palomas con su palabra muda
de pico romo
en aquel otoño habitado por hojas más que nunca.

Huí de tu rostro una sombra cualquiera
una tarde lluviosa
un otoño feliz
y recordé los libros
de infinitos poemas
y te besé despacio para hacer memoria
de cómo se besa
pues había olvidado que así se recuerda un verso
un nombre o un hombre
o un fracaso.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

No soy bastante porque soy menudo

No soy bastante porque soy menudo
a veces quebrado y tantas otras quiebro
un león de dientes blandos
sometido a una escapula de cadenas
y pan de centeno.
A veces la uva pasa
merodea en mi pupila.
Y merodeo
claro que merodeo
de claro en claro
invento
los bosques y sus sombras
voy
en pos de un agua venial
de trojes y manantiales
sujetos por la viga de aguas limpias
que traídas por el cauce sensual de las corrientes
va y a medio tramo
me dice
pon en las mandibulas de la noche
un aullido tenaz de hombre solo
de un hombre solo
al que rodearon pocos
con sus costumbres de vicios
que santificó el hábito
de andar pelete
y torvo
como un jilguero
en la manada de las jaulas
donde suele
acordonar el hombre
su libertad.

Hay pozos de avena
para que el hambre incline
su boca de hambre.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Padre

Piedra en la que te esculpí
cuando la noche devastó sus bosques..
-Paul Celan-

Lavé la tumba de mi padre con agua de lluvia
lavé su recuerdo con una lágrima ligera
y no dos
limpié mi pasado con su memoria
un instante
y todo se tranquilizó en el camino próximo
donde una piedra gritaba su nombre
a mi paso.

En el bosque -rumor de hojas-
me visitan sus palabras
de hombre seriamente convencido
de la vida.




martes, 16 de septiembre de 2014

Un beso de bruja

Del alfanje brota sangre
su filo es el reflejo de un rojo manantial
que chorrea tristeza,
un pasado de flores muertas
y naves que se hundían
una tarde, una noche ahogándose
en preguntas,
sin abrazos ni amigos
ni una mano de hombre
ni una voz de mujer.

Ni un beso de bruja que levara el hechizo
como se elevan anclas
para llegar tan lejos
que al mar no le quepan dudas
que hoy estoy guerrero cual poeta
cargado de batallas,
como mañana estaré viejo
retrato de un pasado tejido con los hilos
de esta fascinante trama.

Y aunque me vaya a pique
mi cuerpo se merece una horda salvaje
de novias encendidas
y patios blanqueados
pues así muere conmigo
un hombre ciego
que no supo porque no quiso
mirar a las estrellas.

domingo, 7 de septiembre de 2014

sábado, 6 de septiembre de 2014

Aquella pradera prometida

Lascivos caballos huyen de la primera cuadra,

del segundo pesebre vienen
con el hambre de un hombre sin quijada.
Recorren con su pie de atleta,
con su pezuña de roca,
los surcos o las semillas
que en azul discordia confunden
con su troje nutriente,
con las olas exaltadas
de un disconforme mar.
De la sal de un trigo líquido
se alimentan.

A media luz salieron a mansalva
treinta y tantos caballos de la noche
llevando herraduras de fuego entre las crines
maduras manzanas en los belfos,
un carro de fuego los presume,
una barca de viento los malsana,
ellos buscan las rutas marinas
en la hierba azul que los proteja:
aquella pradera prometida.

martes, 2 de septiembre de 2014

Aquellos otros libros

Caminé, caminé
con tregua o sin ella
sabiendo que era considerado
un signo galimático
con el que había que ser condescendiente
o una marca en la nieve
que había que ignorar.

Estoy harto de historias de derrotas.
Me producen melancolía,
y tanta melancolía
trampas y bodoques habitando mi lengua,
o algún bordado dulce
sobre la tela más leve.
Bajo la sombra de un árbol negro
permanezco.

Ardía el sol y mis libros iban y venían
rodeados de miedo y también de temor,
siempre refugiados en nobles anaqueles
de escayola pintada.
Entraban y salían,
sobraban,
se incendiaban
y luego quedaban profundamente dormidos
dolidos y cansados.
Esos libros.
Siempre haciendo cosas imposibles
para que yo fuera libre.

Llega hasta mí la humedad de las hojas muertas
ese dulce aroma de los cuerpos
sonando muertos cuando caen
apaciguados por el cardinal otoño.
No acaban aquí sino que empieza
a crepitar su carne de papel
como la madera o la felicidad.
Ahora la nada toma cuerpo
y todo se agranda en el contrario.
El otro nos distingue.
Leo libros
que luego regresan obedientes
a su aparente silencio de baldas y anaqueles.
Murmuran entre ellos
se ponen de acuerdo.
Y a ratos me desprecian.

Llovía sobre la ciudad bombardeada.
Hay belleza en las paredes ametralladas.
Las ruinas son plásticas,
tienen la textura de un temblor,
el escorzo de la piedra rota,
aquella piedra mil veces hecha lasca
para conseguir el filo preciso, amenazante,
hasta que matara. A aquél otro hombre.