Después de circundar con la punta de la lengua
el órgano sexual de él
ella dislocó el presagio del prepucio
arañando el hombro desnudo del muchacho
e hizo mutis sobre el vello de braille:
su pubis convulso fanático
se conmovió,
selló sus ojos con semen descubierto
en la oscura huella mineral del bálano:
cabeza abultada, glande túrgido y táctil ,
mano, dedos, labios y boca
lengua:
soldadura digital
sobre la carne uncida de su cuerpo.
Y tras el cristal transparente
sólo el aire.
El aire solo de la tarde
en el plexo solar de los muchachos,
donde el prado se extiende,
donde el musgo alardea
de rotos manantiales. Y ella quedó lánguida.
He "robado" este vídeo a "Kay" (docente) de su blog, "Epéntesis" (aquí) y sin su permiso, pues me ha parecido que muestra un misterio que se atreve a serlo.
A esta renovada plaza (Julio 2010) le falta una araucaria centenaria que sobresalía por encima de la torre de la antigua iglesia, hoy centro de exposiciones. Un día se murió. O la murieron.
El ácido azul de las antenas o los arcos triviales primorosos de los patios traseros. El sueño como un arco de plata tensado por dioses perdidos bajo selvas sumidas en los hielos eternos, o cuando el hombre sabe que a sus espaldas se fragua una rendición sin piedad ni condiciones. Otro horror blanco y burgués acogiéndose a la belleza fría de pérgolas y azuladas glicinias. La persistencia de la obsesión equiparable a ese inolvidable beso frío, a la caída de la tarde bajo el perfume que exhalan los últimos cedros tristes. Y nosotros presenciando la escena con los párpados ciegos e inútiles, bambalinas bellas que nos protegían del miedo.
Que yo sea un siervo de la gleba y que a mí me aten, y que tú difundas desastres o quiebras personales con la alegría suficiente y la rotunda tristeza como para hacer del disimulo un arte. Que yo sea vil y pendio, infamante o vílico más nunca señor de la hacienda y sus enseres; aspira sus aromas, las maderas, los sacos de simiente, haz que tu sangre viva rodeada de mágicos impulsos y nazca de mi carne el vital hilo de vida que nos ata. Sea yo, por tanto, un fracasado varón, tú una sombra hembra o una hembra santa, yo un mayordomo torpe, tú una fruta quieta sobre bandeja de plata madurando. Yo, siempre, un siervo de la gleba. Sometido a un nombre que nunca tuvo letras.
Él era un habitante de Pangea era un guerrero pálido
de una tierra febril.
Donde habitó primero sola figura
y dejó luego sólida forma
iba desde el cenit amargo
abandonando su replegada sombra
sobre esfinges y tumultos
estatuas y líquenes de bruñida plata.
Los aires ardientes con furia dejaron su silueta
impresa en piedras
y se inclinó fósil sobre abismos
recorrió como luz placas tectónicas
flotando sobre el fuego
alimentado por encrespados magmas
de violentos volcanes ígneos.
Y fue nieve aquel día que sus ojos
cruzaron el umbral del trópico
condenándose a ser soledad
en la sabana un breve instante
nieve perpetua
un eterno glacial.