domingo, 26 de octubre de 2014

Edad y margaritas

Ya no tengo la edad que aparentaba,
la de un ángel con espada de fuego,
ahora tengo una edad de pañuelo negro y sobrio
para actitud noble que amenace al alba.

Ya no tengo la edad que aparentaba,
ahora me ha nacido una edad nueva,
de lagarto verde esmeralda al sol de mediodía,
y al sol de media noche,
y un río soleado de premuras
entre los muslos blandos.

Ya no tengo la edad que aparentaba,
ahora tengo una apariencia de canas
que son mías. De piel fina y ligera
que heredé del viento.
Ahora aparento poeta y amanezco farsa.
Aparento nostalgia y devengo en fardo.
Un peso muerto tan liviano
que floto durante el trayecto que va
del beso al seso o del sexo a la palabra.

Emerjo, voy y vengo,
vuelo, el viento acaricia mi rostro,
sudo, sudo una enorme apariencia
de felicidad y canciones silbadas.


6 comentarios:

Eloy Sánchez dijo...

Me encuentro en tu poema como por mi casa, leo tus versos con chanclas y como tú emerjo, voy y vengo, intento el vuelo con viento favorable.

Me quedo con ese final y silbo una canción sin cerrar la puerta.

Un placer, Tomás, los folios, esta vez sin grapar.

Tomás Rivero dijo...

Silbar es una de mis aficiones favoritas. Cada vez se silba menos, Eloy.

Los folios se pueden desgrapar cada vez que sea necesario y que el papel inicie el vuelo con versos favorables. Estás en tu casa, Eloy. Con chanclas o sin ellas, y descalzos como yo en esa playa de Conil, cuando aún no había sido descubierta por los "tour operator".

Un abrazo, poeta.

Shandy dijo...

Entre el ayer y el hoy hay un tiempo merecido, esa edad nueva.
Buena descripción. Pero Pasado mañana es después de mañana y mañana es después de hoy y "Esto lo estoy tocando mañana". Porque el mejor tiempo es el que nos queda por vivir.

Y como sé que compartimos el gusto por los artículos de Manuel Vicent te dejo "Territorio" publicado en El País (2005)


El tiempo también es un territorio. A cierta edad el tiempo que te quede por vivir será tu único patrimonio. Mientras seas joven no pasa nada si parte de ese patrimonio lo cedes de buen grado a otra persona, si lo malgastas o, incluso, si permites que cualquier idiota te lo arrebate. La vida te dará todavía algunas oportunidades para recuperarlo. Pero cuando el caudal empiece a agotarse no deberás permitir que nadie interfiera, fiscalice o coarte ese tiempo de tu exclusiva propiedad. Cualquiera puede ser rey de ese territorio invisible, solo que para llegar a dominarlo hay que dar un golpe de estado: si pierdes esa batalla ya no serás nadie. Un día, tal vez a causa de una depresión o porque el dedo de un ángel te haya tocado la frente, tendrás la evidencia del valor del tiempo que te queda antes de disolverte en el espacio. Será lo más parecido a una revelación. De pronto, descubrirás un hecho tan simple como éste: que la vida te pertenece a ti y a nadie más. Debes saber que nadie te va a agradecer el haber cedido la soberanía si no fue por tu gusto y placer. Habrás sido un esposo fiel, un padre ejemplar, una hormiga de oro para la empresa y un ciudadano honorable, pero no serás el tipo que un día decidió ser libre, ya que el tiempo también es la libertad. A partir de una edad no intentes volar en un ala delta ni correr los cien metros lisos a menos que te pongan un féretro en la meta. Hay retos más difíciles que uno debe afrontar cuando ya se divisa un gato negro en la línea del horizonte. Dios creó el tiempo, pero dejó que nosotros hiciéramos las horas. Ese pequeño territorio de cada día será imposible de gobernar si el tiempo no es tuyo y no eres tú quien marca las horas para regalarlas y compartirlas con esa clase de personas que te hacen crecer por dentro. Esa dádiva también será tu salvación. Estas cosas le decía el Maestro al discípulo mientras paseaban una noche muy oscura por una ciudad abandonada. Al llegar a una plaza el discípulo creyó que había salido la luna llena sobre los tejados, pero sólo era la esfera iluminada del reloj de una torre, donde también había una veleta oxidada en forma de gallo. En ese momento sonaron doce campanadas y el maestro le hizo obervar al discípulo que aquel reloj no tenía agujas ni números. Su esfera parecía la córnea de un ojo que les miraba en la oscuridad. El tiempo también es el silencio, de modo que a una edad lo más sabio a veces es callar, pero nunca obedecer, dijo el Maestro. El gallo oxidado de la veleta cantó anunciando la madrugada.

Tomás Rivero dijo...

Vivir, vivir. Sometidos a la implacable felicidad de vivir. Al "éxito" exigente de vivir.
Si tus argumentos los "amparas" con la palabra de Manuel Vicent yo seré una mampara sin amparo. Juego de palabras sometida a los cuatro vientos, mis hojas de madera liviana, ventana descuajeringada, serán unos folios grapados volatineros, diáfanos, llevado por vientos generosos. Todo es aire. Yo vuelo cada noche hasta el borde íntimo de una carne que deja que me alimente de ella. No somos más que un corazón que palpita. Sus latidos resuenan, tiene un eco que el otro, tú o yo, podemos oír en las noches de insomnio.

Buenas noches esquinas, baluartes, oímos que el hombre vive con nosotros. Nada finaliza. Yo te amo.

Besos, Shandy.

IA dijo...

Sienta bień esa playa gaditana, ese sombrero y esa jubilación... Viva lafargue!!!

Tomás Rivero dijo...

¡¡¡Iñaki, que poquito te veo por aquí, tímido que eres un tímido...

Se te ve el plumero con el yerno de K. Marx. Derecho a la Pereza. Nosotros pintábamos "Ocio permanente". De momento uno se conforma con la jubilación, que conseguir una ya es tarea revolucionaria.
Espero no tener contradicciones como Paul, que se debió cansar de tanta pereza y se suicidó a los 69 años junto a su compañera Laura.

Viva Lafargue!! Y tú y yo. Abrazo.