En la inmensa extensión de arena
sólo queda una gota de agua
pende y late
palpita y su presencia roma
extensa la sed y el silencio.
Plaga a plaga sube por la lengua
y anida epidemias en el borde aterido
de las exequias del hombre.
Él reza en una cueva al fondo de la cual
ha puesto un altar una humilde pira
y una copela de cristal con aceite.
Una lamparilla encendida recorre la sombra
de un cuerpo muerto proyectándose
en las toscas paredes de la gruta.
Lleva años esperando un milagro.