lunes, 20 de diciembre de 2010

Pangea

Yo era un hombre pálido y feliz
que vivía en el ruedo e inventé un idioma
y cabalgué de nuevo en cuadrúpedos
que consentían mi semblante de jinete.

Qué haces me dijeron qué dices qué sobras
o qué trajes pones en tu nombre
qué ácido que líquido agregas a tus letras
o a tu carne
al trote de esos hermosos cascos sólidos
en patas de potranco recio
equino que levanta su cabeza su energía
mientras frotas su abdomen con caricias del tobillo.

Yo era un hombre ánimo
que cavó arenas segando algún rosal silvestre
hierbas y malezas
abriéndome paso por sombrías cañadas
algún valle
yo era casi un jinete pálido
con pie de gaviota asentando huella de granito
luego fósil
otra piedra un poco de ceniza
quien sabe
yo era un hombre laxo
pendiente de un hilo casi siempre
con un poco de sangre en la punta de la lengua
para desoír la sal de los párpados o el ojo
yo era un hombre péndulo
al final un hombre cándido
que vivió sobre dinamitas
estruendos o explosionando humedades.

Lluvias lluvias en rápidas torrenteras
arrastrado fui por rabiones y en la mar dejé
mi perfil
ese gen peculiar de ballenato
o delfín escualo tiburón mamotreto
de fauces descomunales

1 comentario:

Ventana indiscreta dijo...

Un poema soberbio sobre la/tu transmutación.
Actualízalo también, deben conocerlos l@s nuevos peatones que pasamos por tu bitácora.

Yo le hubiera metido un 'alecrín' al final, pero es cuestión de tiburones, digo de gustos.

Yo era un hombre ánimo
que cavó arenas segando algún rosal silvestre
hierbas y malezas


con estos tres versos ya revientas el poema de gozo. Actualízalo, e veras.

No pude escuchar la música. Y no coloques la misma letra marrón, se lee fatal.